Bostecé sonora y groseramente, sin un ápice de educación, a pesar de haber pasado casi la mitad de mí vida en los colegios más caros y destacados por su calidad -y vanidad-. No puedo mentir, mis padres tenían mucho dinero y yo estaba inserto dentro de esa sociedad, pero nunca estuve a la altura que ellos esperaron, en todas las familias hay una oveja negra, nunca me gustó el color blanco, es demasiado purista.
Yo no estaba preocupado de qué dirán sólo quería disfrutar la vida a m manera y con mis gustos.
Abrí bruscamente los ojos, con lo primero que di fue con mi mohoso techo, que antes era de color crema, supongo. Vivo en una pensión de mala muerte, el dinero que gano como “artista de letras” no me da para comprar una casa y tener un perro (porque los gatos son para maricones) afuera se escuchaban bocinazos y neumáticos chirriantes bajo el asfalto, sin duda eran más de las tres de la mañana.
Ciertas noches me dan complejos de Dalí, tenía los dedos manchados con pintura púrpura, me estiré sobre la cama y volví a bostezar, me rasqué el bajo vientre, eructé y prendí un cigarrillo. Esa es la rutina del macho que se respeta.
Terminé de fumarme el Marlboro y me levanté para ponerme mis jeans de mezclilla oscura, mi chaqueta de cuero gastada y mis converse que piden a gritos que las deje de usar, me metí a Cinthya en el bolsillo interior de mi chaqueta y salí por algo de diversión.
En la calle habían un par de focos que no funcionaban, lo que permitía que las estrellas iluminaran el camino, era una noche bastante bella, luna llena y muy brillante. Mi alma de escritorcillo se conmovió un poco, hubiese vuelvo a casa por un poco de papel y lápiz, pero no lo haría, quería una cerveza helada y quizá un polvo sin importancia.
Caminé tres cuadras y encontré un bar que parecía nuevo o quizá nunca le había tomado la suficiente atención. La calle siempre estaba llena de luces de colores en tonalidades lilas y uno que otro punk poco pudoroso que se ponía en posición para mear en la vereda. La mayoría tenía poleras negras con distintos estampados que aludían a una de las bandas más famosas de la cuidad, los Misfits, apuesto que ni conocían las canciones del pobre Danzig. MTV y la droga matan neuronas. Entré en el bar y anoté mentalmente que al salir tendría que ver como diablos se llamaba.
Fui hasta el mesón que parecía un espejo de lo limpio, me extrañó un poco, ya que la mayoría de los bares a donde había estado expelían el típico olor a alcohol impregnado en la madera, casi podrido. Supuse que el dueño del local sería gay.
-Quiero un vodka sin hielo - le dije al mesero que tenia pinta de punk, aunque tendría más o menos unos 30 años.
-¿Nuevo por aquí? - inquirió mientras llenaba mi vaso
-Si - me encogí de hombros- Nunca me había detenido acá
-Quizá era momento de notarlo - sonrió y se fue a atender la orden de un tipo de sombrero de copa. Me quedé pensando en qué demonios quiso decirme, nunca fui muy bueno con las metáforas, y soy escritor, que cosa más irónica.
Le eché una mirada al local, parecía como de los años cincuenta, de pronto las luces bajaron un poco en intensidad y se centraron en el escenario, las cortinas rojas se abrieron de par en par y en medio había un micrófono… detrás de él una chica menuda, con un traje rojo pasión espectacular, ceñido perfectamente a su menuda silueta, con un escote que privilegiaba mi vista a sus atributos delanteros.